El capital no existe

Los seres humanos tendemos a definir los sistema por los que regimos nuestras sociedades con adjetivos. No se si por nuestra condición de primates (o por cualquier otra razón que escapa a mi entendimiento), tendemos a considerar como valor absoluto de existencia real a aquello que define la sociedad en la que en cada momento y/o lugar estemos viviendo; en todas ellas, los jerarcas son aquellos individuos que controlan la faceta de la vida definida por el adjetivo que califica a esa sociedad: en una teocracia, por ejemplo, son los líderes religiosos quienes disponen del máximo poder y estatus, cuyo criterio y palabra es incuestionable; en el capitalismo actual, quien gestiona el capital, la banca, se ha erigido como jerarca absoluto dándose a si misma todos los poderes y sometiendo a su doctrina al resto de la población.

Puede que algunos lectores consideren nuestra sociedad como una democracia, antes que como un capitalismo, lo que nos llevaría a que son los elegidos por el pueblo aquellos que gestionan la sociedad; vamos entonces a hacernos un par de preguntas para salir de esta disyuntiva: ¿Cuál es el valor más indiscutible e infalible en nuestra sociedad? ¿Consideramos infalibles a los miembros electos de los partidos políticos y la forma en que son elegidos? No; muchos ciudadanos son conscientes de la trampa de la democracia actual en poblaciones de millones de personas donde toda responsabilidad y capacidad real de elección queda disuelta, difuminada, despersonalizada. Esto se traduce en que hay ciudadanos que viven ajenos a la política sin participar jamás en unas elecciones por falta de interés o por convicción. Pero ¿y el capital? El capital es un valor inventado por el ser humano al que se le ha dado valor de existencia real. En occidente es incuestionable que el dinero vale lo que está acuñado en cada uno de sus billetes y monedas, ningún ciudadano de a pié duda de ese valor que en realidad es solo una convención, ni tan siquiera somos conscientes de este hecho; nadie vive (ni se le permite vivir) al margen del dinero y todo se mide en relación a este: si una transacción nos parece desproporcionada pensamos que tal o cual objeto no vale tantos euros, en vez de pensar que no-se-cuantos euros no valen tanto como susodicho objeto: dudamos del valor del objeto en vez del valor del dinero, cuando en realidad quien tiene un valor y utilidad real, más allá de transaccional, es el objeto, y no el dinero.

“Antes del laicismo, el poder no necesitaba utilizar activamente la religión para dominar la sociedad; era el propio pueblo dominado quien aceptaba como absolutos y reales los dogmas religiosos: el pueblo era incapaz de distinguir los dogmas que se le habían impuesto, estando integrados y siendo base de las estructuras de su propio pensamiento, sin las cuales era incapaz de interpretar la realidad”.

Ricardo O. Ortega (pensador, S. XXI)

En las sociedades contemporáneas, en vez de los dogmas religiosos, tenemos integrado el indudable valor del capital que, en realidad, no es más que una convención humana: fuera de aquellas sociedades humanas que le hemos dado valor, no tiene ningún valor; fuera de la convención artificial que lo legitima, EL CAPITAL NO EXIXTE. El capital tiene el valor que queramos darle, porque es una invención nuestra.

No creáis que estoy en contra del capital: Sí estoy en contra del capitalismo, pero no del capital. El capital, al igual que la azada, es una herramienta útil. La azada ayudó al ser humano a pasar del paleolítico al neolítico, el capital (el dinero) a ayudado al ser humano a acumular las voluntades y recursos suficientes para hacer sistemas de salud públicos con tecnología punta, redes ferroviarias y de carreteras, sistemas de abastecimiento de agua, electricidad…, o simplemente a simplificar la adquisición de un pollo en un supermercado. Ha sido una herramienta indispensable para alcanzar el desarrollo del que disfrutamos hoy en día, de la misma forma que la religión permitió la supervivencia de ciertas tribus a partir de sus preceptos morales, que en realidad eran meras recomendaciones a cerca de lo que se ha de hacer si no se quiere poner la vida en riesgo. El concepto del capital nos ha dado mucho, pero ha llegado el momento de pasar página. El sistema esta pervirtiéndose a partir de un error fundamental: creer que el capital es un fin en si mismo de valor real, más allá de la convención; llegando incluso al absurdo de pensar que el capital se regula a si mismo sin necesidad de legislación, cuando en realidad el capital es una convención inventada en ciertas sociedades, para cuya existencia es condición sine qua non la aceptación de esa convención, esa regla artificial, esa ley que le de el valor que en un entorno natural jamás habría tenido, ni habría llegado a tener.

Dentro de la esquizofrenia del sistema capitalista hemos llegado al absurdo de que un cuadro de 90 x 70cm de tela pintado con pinturas de oleo alcance el valor de 16 millones de euros, o que los chutes de un balón de un futbolista a lo largo de un año valgan 20 millones de euros… ¿no habéis notado nada raro en los enunciados que acabáis de leer? Efectivamente, he dado valor a los euros y no a los objetos o acciones reales. En realidad los euros no valen: la forma correcta de expresarlo tendría que ser que 16 millones de euros valen lo que un cuadro de 90 x 70 cm de tela pintado con pinturas de oleo, o que 20 millones de euros valen lo que los chutes de un futbolista a lo largo de un año. Si lo miramos de esta segunda forma, cada uno dejaremos de comparar el valor de nuestro trabajo o nuestros bienes con un número abstracto extraído de una artificial convención social, para compararlo con otros referentes reales como los que antes he mencionado, o otros como la gestión de Bankia de Rodrigo Rato. De esta forma, si 600.000 € valen la gestión de Rodrigo Rato de Bankia durante un año, yo considero que con mi trabajo saco proyectos adelante sin hundir las empresas para las que trabajo, por lo que mi trabajo vale más que el de Rodrigo Rato; en consecuencia 600.000 € valen menos que mi trabajo.

Ha llegado el momento de deslegitimar a los banqueros y economistas como máximos gestores ejecutivo-morales de nuestra sociedad… pero esto no ocurrirá hasta no seamos capaces de definir nuestras relaciones fuera de capital, y el dinero no sea más que una herramienta transaccional; mientras tanto seguiremos conviviendo con personajes como Gregorio Villalabeitia (presidente de Kutxabank), quien cree justificado su sueldo de 800.000 €/año y su superioridad moral por el simple hecho de ser un banquero, máximo exponente del capitalismo, sumo sacerdote del capital. El Sr. Villalabeitia no vale más que los cilíndricos trozos de metal y los papeles de colores con los que se paga tu sueldo. Mientras creamos que eso es mucho, seguiremos estando bajo su yugo; cuando nos demos cuenta de que en realidad solo tiene el valor que le queramos dar (si es que nos da la gana de darle algún valor), ya estaremos preparados para pasar página… y que llegue el siguiente -ismo que, aunque el tono de este artículo pueda parecer amargado, en realidad soy uno de esos optimistas que creen que -ismo tras -ismo la humanidad avanza.

Siempre me despido con un vídeo, y aunque no tenga nada que ver, os dejo con Evil Invaders, que es lo que sonaba en el equipo de música mientras desarrollaba esta paja mental. Pulses of Pleasure (2015):

Agradecimientos: Ricardo O. Ortega, templado observador de la sociedad del S.XXI.

Félix Vinagre

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